viernes, 25 de septiembre de 2009

UN GESTO DE AMOR

Agradezco a mi amiga cubana Daisy, por hacerme llegar este mensaje que nos hace reflexionar.



Un muchacho pobre, de alrededor de doce años de edad, vestido y calzado de
forma humilde, entró en una tienda, eligió un jabón de tocador común y le
pidió al propietario que se lo envolviera para regalo.

- "Es para mi madre", dijo con orgullo.

El dueño de la tienda se conmovió ante la sencillez de aquel regalo.
Miró con piedad a su joven cliente y, sintiendo una gran compasión, tuvo ganas
de ayudarlo.
Pensó que podría envolver, junto con el jabón tan sencillo, algún artículo
más significativo. Sin embargo, estaba indeciso: miraba al muchacho, miraba
los artículos que tenía en su tienda, pero no se decidía..

¿Debía hacerlo o no?
El corazón decía que sí, pero la mente le decía no.

El muchacho, notando la indecisión del hombre, pensó que estuviera dudando
de su capacidad de pagar.
Llevó la mano al bolsillo, retiró las moneditas que tenía y las puso en el
mostrador.

El hombre se conmovió mucho más aún cuando vio las monedas, de valor tan insignificante. Continuaba su conflicto mental. En su intimidad ya había
concluido que, si el muchacho pudiera, le compraría algo mucho mejor a su
madre.

Recordó a su propia madre. Había sido pobre y muchas veces, en su infancia
y adolescencia, también había deseado regalarle algo a su madre.
Cuando consiguió empleo, ella ya había partido para el mundo espiritual.
El muchacho, con aquel gesto, estaba tocando lo más profundo de sus
sentimientos.

Del otro lado del mostrador, el chico empezó a ponerse ansioso. Parecía que
algo no estaba bien. ¿Por qué el hombre no envolvía de una vez el
jaboncillo?
Él ya lo había escogido, ya había pedido que se lo envolviera y hasta le
había mostrado las monedas con que pagaría. ¿Por qué se demoraba tanto?
¿Qué estaba sucediendo?

En el campo de la emoción, dos sentimientos se entrecruzaban: la compasión
del hombre, la desconfianza por parte del muchacho.
Impaciente, le preguntó: "¿señor, falta algo?" -
"No", contestó el propietario de la tienda. "Es que de repente recordé a
mi madre. Ella se murió cuando yo todavía era muy joven. Siempre quise
darle un regalo, pero, desempleado, nunca logré comprar nada."

Con la espontaneidad de sus doce años, el muchacho le preguntó:
- "¿ni un jabón?"

El hombre se calló. Caviló un poco más y abandonó la idea de mejorar el
regalo del muchacho. Envolvió el sencillo jabón con el mejor papel que
tenía en la tienda, le puso una hermosa cinta de colores y se despidió del
cliente sin hacer ningún comentario más.

A solas, se puso a pensar. ¿Cómo nunca se le había ocurrido darle algo
pequeño y sencillo a su madre? Siempre había pensado que un regalo tenía
que ser algo significativo, tanto que, minutos antes, sintiera piedad de la
humilde compra y había pensado en mejorar el regalo adquirido.

Conmovido, entendió que ese día había recibido una gran lección. Junto al
jabón del muchachito, lo acompañaba algo mucho más importante y grandioso,
el mejor de todos los obsequios: ¡EL GESTO DE AMOR!

Invierta en el amor, que es el medio más poderoso de hacer que las
personas sean felices.

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